Friday, March 30, 2018

Homilía Sobre el Domingo de Ramos ( San Ignacio Brianchaninov )


“¡Alégrate con alegría grande, hija de Sión! ¡Salta de júbilo, hija de Jerusalén! He aquí que viene a ti tu rey; Él es justo y trae salvación, viene humilde, montado en un asno, en un borrico, hijo de asna” (Zacarías 9:9).

El profeta de Dios anunció esta profecía unos cuatrocientos años antes del acontecimiento que conmemoramos y celebramos hoy. Habiendo completado su predicación en la tierra, el Señor Jesús Cristo hizo Su entrada triunfante en la ciudad real de Jerusalén, en la ciudad donde se adoraba al Dios verdadero, una ciudad en muchas formas divina. El Señor hizo su entrada como Rey y vencedor, para terminar su servicio por medio de un decisivo estruendo: destruyendo la muerte por su muerte, eliminando la maldición de la raza humana tomando sobre Sí mismo esta maldición. Hizo su entrada en la ciudad real montado en un borrico, “sobre el cual nadie ha montado todavía” (Lucas 19:30), para restaurar a la humanidad la dignidad real con la que nuestros antepasados estuvieron revestidos, para restaurar esta dignidad ascendiendo a la cruz. El asno indómito fue domesticado a lomos del maravilloso Jinete. Los apóstoles pusieron sus vestiduras sobre el borrico; grandes multitudes de personas corrieron al encuentro del Señor y caminaron frente a Él, cantando en su éxtasis: “Hosanna al Hijo de David: bendito [el Rey (Lucas 19:38] que viene en nombre del Señor. Hosanna en las alturas” (Mateo 21:9). El Señor es proclamado Rey en nombre de Dios, a Su señal, no accidentalmente, y no por la voluntad humana consciente. En el transcurso de cuatro días, los mismos que aquel día lo proclamaron Rey, clamarán: “¡Muera! ¡Muera! ¡Crucifícalo!”... ¡No tenemos otro rey que el César!” (Juan 19:15).

¿Cuál es el significado de la cabalgadura del Señor hacia Jerusalén en un asno bravío? Según la explicación de los santos padres, esto tiene un profundo significado profético. El Señor, que lo ve todo, vio acercarse la gran apostasía final de los judíos y su alejamiento de Dios. Anunció esta apostasía incluso antes, cuando se dio la ley a los israelitas en el monte Sinaí, por medio de los labios del inspirado Legislador. “Prevaricaron”, dijo Moisés del futuro pecado de los judíos contra el Dios-Hombre, como si estuviera hablando de algo ya hecho. “Prevaricaron contra Él, los que por sus inmundicias ya no sois hijos suyos, una generación depravada y perversa. ¡Así retribuís al Señor, oh pueblo necio e insensato! (Deuteronomio 32:5-6). “Pues es gente sin inteligencia, y no hay en ellos
entendimiento. ¡Oh si fueran sabios para entenderlo y comprender lo que les espera!” (Deuteronomio 32:28-29). “Porque su vid es de la vid de Sodoma y de las campiñas de Gomorra” (Deuteronomio 32:32). Mientras que por el contrario: “Regocijaos, oh cielos, con Él (el Hijo de Dios), y que todos los ángeles de Dios lo adoren. Regocijaos, oh gentiles, con su pueblo, y que los hijos de Dios se fortalezcan en Él” (Deuteronomio 32:43, Septuaginta). La entrada en Jerusalén sobre un asno bravío es una repetición de la profecía de Moisés, no en palabras, sino en un símbolo. Moisés previó que los gentiles se regocijarían en el Señor, y que los judíos serían rechazados. Aquí, el asno bravío “sobre el cual nadie ha montado todavía” (Lucas 19:30), es una imagen de los gentiles. Las vestiduras de los apóstoles son las enseñanzas de Cristo, por las que instruirían a los gentiles, y el Señor sentado espiritualmente sobre los gentiles, manifestándoseles como Dios. Él los condujo a Jerusalén, al seno de la Iglesia, a la ciudad eterna de Dios no hecha por mano de hombres, a la ciudad de salvación y bienaventuranza. Los judíos rechazados también estaban presentes allí. Con sus labios clamaban: “El rey de Israel”, pero con sus almas, su Sanedrín ya había resuelto matar al Salvador.

He aquí otro significado del borrico bravío. Es una imagen de toda persona conducida por deseos irracionales, privada de libertad espiritual, apegada a las pasiones y hábitos de la vida carnal. La enseñanza de Cristo pierde el asno de su apego; esto es, a causa del cumplimiento de su pecaminosa y carnal voluntad. Entonces, los apóstoles condujeron el asno a Cristo, poniendo sus vestiduras sobre él. El Señor se sienta sobre Él y hace Su entrada sobre él en Jerusalén. Esto significa que la persona que ha abandonado su vida pecaminosa es conducida a los Evangelios, y es revestida como de las vestiduras apostólicas, en el más detallado y refinado conocimiento de Cristo y Sus mandamientos. Entonces, el Señor se sienta sobre él apareciéndose espiritualmente y permaneciendo espiritualmente en él, ya que Su buena voluntad era prometer: “El que tiene mis mandamientos y los conserva, ese es el que me ama, y quien me ama, será amado de mi Padre, y Yo también lo amaré, y me manifestaré a él” (Juan 14:21). “Y mi Padre lo amará, y vendremos a él, y en él haremos morada” (Juan 14:23). La venida del Señor está acompañada por una paz que no pueden sobrepasar las palabras o la comprensión, una paz que está llena de gracia, y digna del que la concede, el Señor. Esta paz no puede ser comparada con el resto natural del hombre caído, que puede sentir descanso y placer por las delicias carnales, y que puede considerar su propia insensibilidad y su propia muerte eterna como un descanso. El Señor se sentó sobre las cualidades naturales de la persona que se ha sometido a Él y ha asimilado sus enseñanzas santísimas; y Él conduce así a esta
persona a la ciudad espiritual de Dios, la ciudad de paz, a la Jerusalén creada por Dios y no por el hombre.

El alma que sostiene al Señor es recibida por el Espíritu Santo, que ofrece a esa alma el gozo espiritual que es incorruptible y eterno. “Alégrate con alegría grande, hija de Sión”, la hija de la Santa Iglesia, porque sólo perteneces a Dios. “¡Salta de júbilo, hija de Jerusalén! He aquí que viene a ti tu rey; Él es justo y trae salvación, viene humilde, montado en un asno, en un borrico, hijo de asna” (Zacarías 9:9). Habéis sentido la paz llena de gracia de Cristo, y os convertís en una hija de esta paz; habéis sido renovados con la juventud espiritual y habéis conocido el reino de Cristo por experiencia propia. Las pasiones son domesticadas en vosotros por el poder de la gracia del Jinete que os dirige; vuestras cualidades naturales no pueden romper sus leyes naturales, no pueden ir más allá de sus límites y ser transformadas en pasiones incontrolables! Tomando todos vuestros pensamientos, sentimientos y obras del Señor, podéis y debéis proclamar el “Nombre”del Señor a vuestro “hermano”, y honrarle en “medio de la congregación (la Iglesia)” (Salmos 21:22). Como un nacido del Espíritu Santo y una hija del Espíritu, sois capaces de contemplar la procesión espiritual de vuestro Rey, sois capaces de contemplar la justicia de vuestro Rey. Él es el manso y humilde de corazón (Mateo 11:29), y el que “guía en justicia a los humildes y amaestra a los dóciles en sus vías” (Salmos 24:9). Nuestro Dios es un Espíritu que no es comparable a ningún espíritu creado, ya que es, en todos los aspectos, infinitamente diferente de todas las criaturas. Los santos espíritus creados son Sus tronos y carruajes. Él está sentado y cabalga sobre los querubines. Él está sentado y cabalga sobre las benditas almas humanas que se han sometido a Él y han presentado todas sus cualidades naturales a Él como un ardiente ofrecimiento. El Rey cabalga a lomos de tales almas, y entra en la ciudad santa de Dios, conduciendo a ella también a todas las santas almas. ¡Hosanna en las alturas! ¡Bendito el Rey de Israel que viene!. Amén.

San Ignacio Brianchaninov
 
Catecismo Ortodoxo 
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El Sábado de Lázaro y el Domingo de Ramos


Las solemnidades de la Gran Semana están precedidas por una fiesta de dos días que conmemoran la resurrección de Lázaro y la Entrada de Cristo en Jerusalén. Estos dos eventos marcan el ministerio de Cristo de una forma más dramática (Juan 11:1; 12:19). Al provocar la erupción final de la implacable hostilidad de sus enemigos, que habían estado conspirando para matarlo, estos dos eventos precipitan la muerte de Cristo. Sin embargo, al mismo tiempo, estos dos hechos enfatizan Su divina autoridad. Mediante ellos Cristo se revela como la fuente de toda vida y el Mesías prometido. Por esta razón, el interludio que separa la Gran Semana de la Gran Cuaresma, es de carácter Pascual. Es el presagio de la victoria de Cristo sobre la muerte y la irrupción de Su reino en la vida del mundo.

El Sábado de Lázaro se cuenta entre las fiestas mayores de la Iglesia. Se celebra con gran reverencia y gozo. El hecho de la resurrección de Lázaro está recogido en el Evangelio de San Juan (11:1-45). La himnografía de la fiesta interpreta el sentido teológico del hecho. En consecuencia, la resurrección de Lázaro es vista como una profecía en acción. Prefigura, tanto la resurrección de Cristo, así como la resurrección general de todos los muertos al final de los tiempos. Los himnos de la fiesta también enfatizan la verdad bíblica de que la resurrección como tal, es mucho más que un hecho. Es una persona, Cristo mismo, que reviste ahora de la vida eterna a todos los que creen en Él, y no en un oscuro tiempo futuro (Juan 11:25-26).

Además, la resurrección de Lázaro ocasionó la divulgación de las dos naturalezas de Cristo, la divina y la humana. Manifestó su poder divino por Su conocimiento previo de la muerte de Lázaro y por el resultado final, el milagro de su resurrección. También, en el transcurso de los hechos dramáticos, Jesús desplegó profundas emociones humanas. El Evangelio recoge Su profundo sentimiento de amor, ternura, simpatía y compasión, así como angustia y tristeza. La narración informa que suspiró desde el fondo de su corazón y lloró (Juan 11:5, 33, 35, 36, 38).

La Entrada en Jerusalén. Al comienzo de su ministerio público, Jesús proclamó el Reino de Dios y anunció que los poderes de esta era venidera ya estaban activos en la era presente (Lucas 7:18-22). Sus palabras y sus poderosas obras se realizaron “para producir arrepentimiento así como respuesta a su llamada, una llamada a cambiar el interior de la mente y el
corazón que da lugar a cambios en la vida de alguien, una llamada a seguirle y aceptar su destino mesiánico.

La entrada triunfante de Jesús en Jerusalén es un hecho mesiánico, por el cuál se declaró su divina autoridad.

El Domingo de Ramos nos llama a contemplar a nuestro Rey: el Logos de Dios hecho carne. Somos llamados a contemplarlo, no sólo como el que vino una vez a nosotros montado en un asno, sino como el que siempre está presente en la Iglesia, el que viene incesantemente a nosotros en poder y gloria, en cada Liturgia, en cada oración y sacramento, y en cada acto de amor, bondad y misericordia. Él viene para liberarnos de nuestros pecados y nuestras inseguridades, “para tomar posesión solemne de nuestra alma, y ser entronizado en nuestro corazón”, como alguien ha dicho. Viene, no sólo a librarnos de nuestra muerte por Su muerte y resurrección, sino también para hacernos capaces de alcanzar la más perfecta comunión o unión con él. Es el rey, que nos libra de la oscuridad del pecado y de la tiranía de la muerte. El Domingo de Ramos nos llama a contemplar a nuestro rey: el Vencedor de la muerte y el Dador de vida. El Domingo de Ramos nos llama a aceptar tanto la regla y el Reino de Dios, como el objetivo y el contenido de nuestra vida cristiana. Basamos nuestra identidad en Cristo y Su Reino. El Reino es Cristo, su indescriptible poder, su infinita misericordia e incomprensible abundancia dada libremente al hombre. El reino no está en algún punto o lugar en el distante futuro. En palabras de la Escritura, el Reino de Dios no está sólo a la mano (Mateo 3:2; 4:17), está en nosotros (Lucas 17:21). El reino es una realidad presente así como una realización futura (Mateo 6:10). San Teófano el Recluso escribió las siguientes palabras sobre la regla interna de Cristo Rey: “El reino de Dios está en nosotros cuando Dios reina en nosotros, cuando el alma, en su profundidad, confiesa a Dios como su Maestro, y le obedece en todos sus poderes. Entonces Dios actúa dentro de él como maestro, “tanto del querer como del obrar, por su buena voluntad” (Filipenses 2:13). Su reino comienza tan pronto resolvemos servir a Dios en nuestro Señor Jesús Cristo, por la gracia del Espíritu Santo. Entonces, los cristianos ponen en manos de Dios su conciencia y libertad, que comprende la sustancia esencial de nuestra vida humana, y Dios acepta el sacrificio; y de esta forma, se alcanza la alianza del hombre con Dios, y de Dios con el hombre, y el convenio con Dios, que fue cortado por la Caída y continúa estando cortado, es restablecido.

El reino de Dios es la vida de la Santa Trinidad en el mundo, es el reino de la santidad, la bondad, la verdad, la belleza, el amor, la paz y el júbilo. Estas cualidades no son obras del espíritu humano. Proceden de la vida de
Dios y revelan a Dios. Cristo mismo es el reino. Es el Dios-Hombre, “que trajo a Dios a la tierra” (Juan 1:1, 14). “Estaba en el mundo, y el mundo fue hecho por el, y sin embargo el mundo no le conoció. Vino a su propia casa, y su propio pueblo no le recibió (Juan 1:10-11). Fue maldecido y odiado.

El Domingo de Ramos nos llama a contemplar a nuestro rey, el Siervo Sufriente. No podemos entender la realeza de Cristo sin la Pasión. Lleno de infinito amor por el Padre y el Espíritu Santo, y por la creación, en su inexpresable humildad Jesús aceptó la infinita humillación de la Cruz. Cargó con nuestras enfermedades y sufrimientos; fue herido por nuestras transgresiones y se ofreció a sí mismo por nuestros pecados (Isaías 53). Su glorificación, que fue realizada por la resurrección y la ascensión, fue alcanzada por la Cruz.

En los momentos fugaces de exhuberancia que marcaron la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén, el mundo recibió a su rey. El rey que estaba de camino a su muerte. Sin embargo, su pasión no tuvo un deseo mórbido por el martirio. El propósito de Jesús era cumplir la misión para la que el Padre lo había enviado.

El Hijo y Logos del Padre, igual a Él, sin principio, y eterno, ha venido hoy a la ciudad de Jerusalén, sentado sobre una bestia muda, en un asno. Por temor, los querubines no se atreven a mirarlo; sin embargo, los niños lo honran con palmas y ramos, y cantan místicamente un himno de alabanza: “Hosanna en las alturas, Hosanna al Hijo de David, que ha venido a salvar a toda la humanidad del error”. (Un himno de la Luz).

Con nuestras almas purificadas, y llevando ramos en espíritu, cantemos con fe, alabanzas a Cristo, clamando con una profunda voz al Maestro: “Bendito eres, oh Salvador, que has venido al mundo a salvar a Adán de la antigua maldición, y en Tu amor por la humanidad te has complacido en convertirte espiritualmente en el nuevo Adán. Oh Logos, que has ordenado todas las cosas para nuestro bien, ¡gloria a ti! (Himno Estacional de los Maitines).

Padre Alkiviadis Calivas 
Catecismo Ortodoxo
http://catecismoortodoxo.blogspot.ca/

Entrada en Jerusalén (Domingo de Ramos)

 
Cuando llegó el tiempo de darse a sí mismo en sacrificio por la redención de los pecados de todos los hombres, Cristo fue hacia la "pasión voluntaria en Jerusalén". ¿Cómo se produjo?: "Cuando se aproximaron a Jerusalén... envió Jesús a dos discípulos, diciéndoles: "Id al pueblo que está enfrente de vosotros, y enseguida encontraréis un asna atada y un pollino con ella; desatadlos y traédmelos...". Fueron, pues, los discípulos e hicieron como Jesús les había encargado: trajeron el asna y el pollino. Luego pusieron sobre ellos sus mantos, y él se sentó encima. La gente, muy numerosa, extendió sus mantos por el camino; otros cortaban ramas de los árboles y las tendían por el camino. Y la gente que iba delante y detrás de él gritaba: "¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas!" (cfr. Mt 21,1-9).
La entrada de Jesucristo en Jerusalén, cuando él se dona a sí mismo al ultraje, a la kenosis, a la terrible y vergonzosa muerte sobre la cruz para la salvación de los hombres, tiene un profundo sentido ético y simbólico. El prototipo de este gran acontecimiento se considera la entrada en Jerusalén de David, después de su victoria sobre Goliat. También David fue acogido y aplaudido por la muchedumbre, llena de alegría y gratitud. Entonces, el rey Saul se puso celoso y guardó rencor contra David. Pero éste, algún tiempo después, se convirtió en el gran rey de Judea y de Israel.
Así también Jesucristo, que va hacia la muerte, llegará a ser rey del nuevo Israel, de toda la humanidad renovada, que ha hecho un Nuevo Testamento (Nueva Alianza) con Dios.
La entrada en Jerusalén se convierte en el cumplimiento de las profecías: "Exulta sin freno, hija de Sión, grita de alegría, hija de Jerusalén! He aquí que viene a ti tu rey: justo él y victorioso, humilde y montado en un asno, en un pollino, cría de asna" (Zac 9,9).
La iconografía de la entrada en Jerusalén generalmente es la misma, no varía. Jesucristo entra en Jerusalén sentado sobre un pollino. Está vuelto hacia sus discípulos, que siguen al pollino. En la mano izquierda, Cristo sujeta un rollo, que simboliza el texto sagrado del Testamento; con la derecha bendice a los que se encuentran con él.
A su encuentro, desde las puertas de la ciudad vienen hombres y mujeres. Detrás de él está Jerusalén, una ciudad grande y majestuosa, con altos edificios muy apretados y compactos. Su arquitectura nos demuestra que el iconógrafo vivió rodeado de templos rusos. Los niños extienden sus mantos bajo las patas del pollino. Los demás tienden ramas de palma. A veces, en la parte baja del icono se ven también dos pequeñas figuras de niños. Uno está sentado, con una pierna agachada y algo alzada, sobre la que se inclina el otro muchachito, que está tratando de sacarle una astilla de la planta del pie. Esta escena de la vida cotidiana, llegada desde Bizancio, impresiona mucho y confiere vitalidad a la imagen; sin embargo, no disminuye el pathos de lo que está sucediendo. Los vestidos de los niños casi siempre son blancos, que simbolizan la pureza de sus almas, que carecen de malicia.
Como es habitual en los iconos rusos, los vestidos de todos los personajes adultos están pintados con arte y austera elegancia. Tras la figura de Cristo se levanta hacia el cielo una montaña, representada con los tradicionales medios simbólicos.
La entrada de Jesucristo en Jerusalén es un acto de su libre voluntad, después del cual vendrá el gran sacrificio, que redimirá todos los pecados de los hombres y abrirá delante de ellos la entrada en la nueva vida, la entrada en la Nueva Jerusalén. 
 
Catecismo Ortodoxo
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