Thursday, July 27, 2017

ORACION A SAN PANTALEON PARA PEDIR SANACION DE UN ENFERMO.


Glorioso Médico San Pantaleón
que toleraste con invencible fortaleza
las adversidades de esta vida,
y no sentiste temor ante los sufrimientos del cuerpo, acudo ante ti y deposito mi total confianza
en tu corazón Grande y Generoso.

Santo Mártir Pantaleón, tu que tantos milagros obraste,  que a tantos diste salud del cuerpo y alma,  posa tu mirada, manos y bendición sobre ......

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(Di tu Nombre o el de la Persona Enferma)

y Restitúyele la energía y la vitalidad,
alivia y calma sus sufrimientos y dolores
dale ánimos e infunde en él la esperanza,
concédele espíritu de fortaleza y tesón
y haz que recobre la salud perdida.

San Pantaleón Mártir, modelo de todas las virtudes
que superaste todos los tormentos por amor al Señor, haz que ...... supere sus dolencias y padecimientos,
intercede por ...... para que sea sanado.

Señor Tu que inflamaste con tu amor
al joven médico San Pantaleón
y le constituiste como nuestro Abogado y Protector, Tú que siempre recompensas a los que creen en Ti,  escucha la oración de sus fieles devotos, y concédenos a quienes le honramos y confiamos en su poder
ser atendidos favorablemente en lo que solicitamos y que cuanto pedimos en su nombre nos sea otorgado.

Jesús, salud y luz del mundo,
haz que nos abracemos a tus enseñanzas
con toda el alma, a ejemplo de tu Mártir San Pantaleón, que tanto trabajó y luchó por el bienestar de los hombres;
y te rogamos que por nuestra fe en tu misericordia
nos ayudes a extender las maravillas de tus favores
a nuestro alrededor y todo aquel que lo Precisara.

Así sea.
Rezar el Credo, Padrenuestro y Gloria.

Catecismo Ortodoxo
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El Santo Megalomártir y Médico Pantaleon.


El Santo y Glorioso Mártir de Cristo Panteleimon Nació en Nicomedia y era hijo de un senador pagano llamado Eustorgio y una cristiana de nombre Eubolia, quien le dio el nombre de Pantaleón. Puesto bajo la tutela de Eufrosino, un médico muy conocido, para su educación, poco a poco adquirió un perfecto conocimiento de la medicina, a tal punto que el emperador Galerio Maximiano, al tomar conocimiento de sus cualidades, le ofreció llevarlo al palacio como su médico personal. El joven pasaba todos los días frente a la casa donde San Hermolao (26 jul.) se encontraba escondido. El santo sacerdote, discerniendo la pureza de su alma, un día lo invitó a pasar, y le comenzó a enseñar que la ciencia médica sólo podía proporcionar un alivio muy débil al sufrimiento físico y a la naturaleza mortal, y que sólo Cristo, el único verdadero Médico, vino a traernos la salvación, con su medicina gratuita. Con su corazón exultante de alegría al oír estas palabras, el joven Panteleimon comenzó a visitar a San Hermolao con frecuencia y fue instruido por él en el gran Misterio de la fe. Un día, mientras regresaba de casa de Eufrosino, se encontró en el camino con un niño muerto que había sido mordido por una víbora. Comprendiendo que había llegado el momento de poner a prueba la promesa de Hermolao, invocó con fe el Nombre de Cristo, entonces el niño revivió inmediatamente y el reptil murió. Luego corrió a la casa de Hermolao y, lleno de alegría, pidió recibir el Santo Bautismo de inmediato. Entonces, decidió quedarse con el santo anciano, para regocijarse con su enseñanza, regresando a su casa ocho días después. Interrogado por su padre sobre dónde había estado, respondió que se había quedado en el palacio para curar a un hombre cercano al emperador. Manteniendo en secreto su conversión, se dedicó con empeño a convencer a su padre de la inutilidad de adorar a los ídolos.

Algún tiempo después, un hombre ciego fue llevado a su casa por su padre, quien le pidió a Pantaleón que lo sanara, ya que había gastado en vano toda su fortuna en otros médicos. Confiando en Cristo, que ya moraba en él con poder, el joven le aseguró a su asombrado padre que él lo sanaría por la gracia de su Maestro. Marcó sobre los ojos del ciego la Señal de la Cruz, invocando a Cristo, y el hombre recuperó inmediatamente la vista, no sólo de sus ojos corporales, sino también de los ojos de su alma, remarcando que era Cristo quien lo había curado. Luego fue bautizado por San Hermolao, junto con Eustorgio, que muy pronto se quedó dormido en la paz del Señor.

Entonces Pantaleón repartió su herencia entre los pobres, liberó a sus esclavos y se dedicó con celo redoblado al cuidado de los enfermos, a los cuales no les pedía ningún pago, sino que tuvieran fe en Cristo, que vino al mundo para curar todas nuestras enfermedades.[1] Esto despertó la envidia de los otros médicos de Nicomedia, y, cuando se enteraron que había cuidado a un cristiano que acababa de ser torturado por orden del emperador, aprovecharon la oportunidad para denunciarlo ante Maximiano. Después de haber recibido con dolor la denuncia contra su protegido, el emperador convocó al hombre que había sido ciego y le preguntó cómo le había restaurado la vista Pantaleón. Al igual que el ciego de nacimiento en el Evangelio, el hombre respondió con sencillez que lo había sanado invocando el Nombre de Cristo, y que este milagro le había traído la verdadera luz, la de la fe. El emperador, enfurecido, lo hizo decapitar de inmediato, y envió a sus soldados a buscar a Pantaleón. Cuando el Santo estuvo ante su presencia, le reprochó el haber traicionado su confianza y lo acusó de haber insultado a Esculapio y a los otros dioses por su fe en Cristo, un hombre que había muerto crucificado. El Santo respondió que la fe y la devoción a Dios son mayores que todas las riquezas y honores de este mundo vano, y, para apoyar sus palabras, le sugirió a Maximiano ponerlo a prueba. Entonces, trajeron a un paralítico, sobre el cual los sacerdotes paganos habían hecho primero sus conjuros, ante la burla del Santo. Ante sus inútiles esfuerzos, Pantaleón elevó su oración a Dios y, tomando al paralítico de la mano, lo levantó en el Nombre de Cristo. Muchos de los paganos, viendo al hombre caminar y exultante de alegría, creyeron en el Dios verdadero, mientras los sacerdotes paganos instaban al emperador a matar a este peligroso rival.

Cuando Maximiano le recordó las torturas infligidas poco tiempo antes a San Antimo (3 sep.), Pantaleón le respondió que, si un anciano había demostrado tal valentía, con más razón debían los jóvenes demostrar su valor ante la prueba. Ni la adulación ni las amenazas lograron quebrantar su resolución. Entonces el tirano decidió torturarlo. Estaqueado, sus miembros fueron lacerados con clavos y luego le pasaron sobre las heridas antorchas encendidas. Pero Cristo, apareciéndosele al santo mártir bajo la forma de su padre espiritual Hermolao, le dijo: ‘No temas, hijo mío, yo estoy contigo, y socorreré a todos los que sufren por mí.’ Entonces las antorchas se apagaron al instante, y las heridas del Santo se sanaron de inmediato. Luego lo sumergieron en la brea ardiente y lo arrojaron al mar con una pesada piedra atada al cuello, pero el Señor se mantuvo a su lado en todo momento, preservándolo ileso. Luego lo tiraron a las fieras salvajes, pero allí nuevamente Cristo lo protegió, y las bestias feroces se echaron a sus pies, lamiéndolos con ternura, como si fuesen animales domésticos. El emperador, sin embargo, actuando de manera más salvaje que los irracionales animales, ordenó que lo ataran a una rueda llena de filosas cuchillas, que fue arrojada desde un lugar alto ante la mirada atónita de todo el pueblo. Pero el Señor intervino milagrosamente una vez más: Liberó a su siervo de sus ataduras y la rueda acabó con un gran número de paganos a su paso.

Cuando Maximiano le preguntó sobre la fuente de este poder, y cómo había sido llevado a la fe cristiana, Pantaleón le reveló donde se escondía Hermolao, pues Dios le había manifestado que había llegado el momento para él y su maestro de confesar su fe y encontrar la perfección en el martirio. Después de la gloriosa muerte de Hermolao y sus compañeros, el tirano convocó nuevamente a Pantaleón a su presencia, y, fingiendo que los mártires se habían sometido, trató de persuadirlo para que también él ofreciera sacrificios. El hombre bendito pidió entonces verlos. Cuando el soberano le contestó que los había enviado en una misión a otra ciudad, Pantaleón respondió: ‘¡Has dicho la verdad a pesar de ti mismo, mentiroso, ya que ahora están en la Jerusalén celestial!’ Convencido de que era imposible vencer la resolución de Pantaleón, Maximiano ordenó que fuese decapitado y su cuerpo quemado.

El Santo marchó ansioso a las afueras de la ciudad, pero, en el momento en que el verdugo levantó su espada, esta se derritió como la cera ante el fuego. Ante este milagro, los soldados presentes confesaron el Nombre de Cristo. Pantaleón, sin embargo, los exhortó a cumplir su deber, y elevó una última oración. Una voz de los cielos le contestó: ‘fiel servidor, tu deseo será cumplido ahora. Las puertas del cielo están abiertas para ti y tu corona ya está preparada. Y serás a partir de ahora el refugio de los desesperados, el socorro de los que están en las pruebas, el médico de los enfermos y el terror de los demonios, y por lo tanto, tu nombre no será 'Pantaleón' sino 'Panteleimon'.[2] Entonces inclinó el cuello y, cuando su cabeza cayó, de su cuello manó leche, su cuerpo se volvió más blanco que la nieve y un olivo seco que había en el lugar, de repente se llenó de hojas y dio abundantes frutos. Los soldados que habían recibido la orden de quemar los restos del Santo los entregaron a los fieles, quienes les dieron piadosa sepultura en la propiedad de Amancio Escolástico, y se fueron a proclamar la Buena Nueva a otros lugares. Desde entonces, las reliquias de San Panteleimon Nunca dejaron de traer la sanidad y la gracia de Cristo, el único Médico del Alma y del Cuerpo, a todos los que se acercan con devoción.

[1] Esta es la rRzón por la cual se lo venera como uno de los Santos Anárgiros
[2] Que significa ‘Misericordiosísimo’.

Catecismo Ortodoxo 

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Santa Mártir Parasceva

La Santa y Gran Mártir Parasceva nació durante el reinado de Adriano (117-38) en un pueblo cerca de Roma, y era hija de Agatón y Politeia, dos devotos cristianos que durante muchos años le habían pedido al Señor concebir un niño. Dios, que siempre oye los deseos de los que le temen, les dio una hija a la que llamaron Parasceva, porque nació un viernes[2] y por devoción a la vivificadora Pasión de Nuestro Señor Jesucristo. Desde la más tierna infancia, se consagró enteramente a las cosas de Dios. No sintiendo ninguna atracción por los juegos infantiles, pasaba todo su tiempo ya sea en la iglesia, participando de los Oficios o en su casa, rezando o meditando la Palabra de Dios. Ella tenía doce años[3] cuando murieron sus padres, y distribuyó su gran riqueza entre los necesitados, y tomó el velo, signo de su consagración a Dios. Después de pasar algún tiempo en completa sumisión a su abadesa, y teniendo el deseo de compartir el tesoro de la fe con los demás, dejó el monasterio y pasó por ciudades y aldeas proclamando el nombre de Cristo. Mediante su proclamación, atrajo a muchos paganos a la verdadera fe y despertó el odio y el celo de los judios, que la denunciaron ante el gobernador de la región en la que se encontraba.[4] De inmediato ordenó la detención de esta noble cristiana e hizo que la llevaran ante él. Cuando la vio, se sintió abrumado por su belleza y rápidamente intentó conquistarla mediante la adulación, diciendo: ‘Si te dejas convencer por mis palabras, y te comprometes a adorar a los dioses, recibirás una gran fortuna, pero si persistes en tu obstinada negativa, te entregaré a terribles torturas’. La frágil joven le respondió con audacia viril: ‘Jamás voy a negar mi dulcísimo Jesucristo, y ninguna tortura podría separarme de su amor, porque él dijo: “Yo Soy la Luz del Mundo: el que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la Vida” (Jn. 8:12). En cuanto a tus dioses, que no hicieron ni el cielo ni la tierra, desaparecerán de la tierra y de debajo del cielo (Jer. 10:11). La ira del rey estalló, y les ordenó a sus soldados colocar un casco incandescente sobre la cabeza de la Santa. Cubierta por un rocío, como los Tres Jóvenes en el horno, Santa Parasceva no sintió dolor. Luego le cortaron los senos y la encarcelaron con una pesada piedra sobre su pecho herido, pero fue curada por un ángel que apareció en medio de un gran terremoto. Al ver el milagro, setenta soldados de la guarnición se convirtieron a Cristo, y por orden del tirano fueron ejecutados inmediatamente y Parasceva fue llevada ante él. Cuando ella reiteró su ferviente confesión de fe, la Santa fue sumergida en un caldero de bronce lleno de plomo fundido. Sin embargo, también en este caso, su cuerpo, después de haber recibido a través de la virginidad y la ascesis los primeros frutos de la futura incorrupción, permaneció intacto. Pensando que la mezcla no se encontraba en el punto de ebullición, el tirano se acercó a ella y fue cegado por el calor que despedía.[5] Reconociendo su culpa debido a las dolorosas consecuencias, comenzó a clamar: ‘¡Ten piedad de mí, oh sierva del Dios verdadero!, devuélveme la vista y voy a creer en el Dios que tu proclamas.’ A través de las oraciones de la Santa, no sólo recuperó la vista, sino también la luz de la fe, y a petición suya, fue bautizado en el Nombre de la Santísima Trinidad, junto con todo su séquito.

Una vez libre, Santa Parasceva dejó la región para continuar con su misión. Al arribar a una ciudad gobernada por un tal Esculapio, comenzó a proclamar a Cristo y fue arrestada y llevada ante el tribunal. Cuando Esculapio le pidió que se identificara, la Santa hizo la señal de la Cruz y declaró que era una sierva del Dios que creó el cielo y la tierra, que se había ofrecido a sí mismo en la cruz por nuestra salvación, y que volvería con gloria para juzgar a los vivos y a los muertos. El tirano la hizo azotar, pero la Santa continuó glorificando a Dios, con la mirada elevada hacia el cielo, y cuando Esculapio detuvo a los torturadores para preguntarle si iba a adorar a los ídolos, ella le escupió los ojos con desdén. Fuera de sí de rabia, les dijo a los soldados que la despellejaran hasta los huesos. Sin embargo, después de pasar la noche en el calabozo, los soldados la encontraron nuevamente ilesa. Cuando Parasceva pidió ir al templo de Apolo, todos los paganos se alegraron, pensando que por fin había aceptado ofrecer sacrificios. Una vez allí, después de una prolongada oración, hizo la Señal de la Cruz y todos los ídolos se derrumbaron, haciendo un gran ruido, mientras la gente gritaba: ‘¡Qué grande es el Dios de los cristianos!’ Los sacerdotes responsables de los ídolos estaban indignados, y exigieron enfurecidos que la mataran. Entonces la arrojaron a un pozo, pero, por su oración, el dragón y los reptiles que estaban allí perecieron.

Al darse cuenta de que todos sus intentos habían sido totalmente infructuosos, Esculapio envió a la Santa a otra región, regida por el cruel Tarasio.[6] Mientras ella estaba sanando a todos los enfermos que se le acercaban mediante la invocación del Nombre de Cristo, el rey la convocó a comparecer ante él, acusándola de practicar la magia, y la hizo arrojar a un pozo pestilente, lleno de fieras venenosas. Pero por la Señal de la Cruz, este Agujero se convirtió en una pradera de fragante primavera, y la Santa, protegida por un Ángel, fue preservada de todas las demás torturas que le infligieron. Incapaz de contener su rabia, el rey ordenó que la sierva de Dios fuese decapitada. Arrodillada, Parasceva oró con lágrimas, confiando su valiente alma a Cristo, su Esposo y pidiéndole que le conceda el perdón de los pecados a todos los que honrasen su memoria. Al caer la cabeza bajo la espada, se oyó una voz del cielo dándole la bienvenida a la Santa en el Reino de los Cielos, un reino cuya proclamación había anunciado y la había acompañado con milagros. Desde entonces, los fragmentos de sus reliquias, diseminadas en varias iglesias, no han dejado de obrar numerosas curaciones, en Particular, de las Enfermedades de los Ojos.

[1] Aunque Santa Parasceva fue muy popular, su celebración no apareció en la antigua Sinaxaria y Menaia. Damos aquí su Pasión compuesta por Juan de Eubea (siglo VIII), Que ubica su conmemoración el 9 nov.
[2] En griego, Paraskevi, es decir ‘día de preparación’
[3] Según otros, 20 años.
[4] De acuerdo con las últimas versiones, el nuevo emperador, Antonino el Devoto (140).
[5] En recientes pasiones, fue cegado por la mezcla de brea y aceite que le arrojó Parasceva.
[6] En las últimas Pasiones, Esculapio fue convertido, y la misma Santa continuó su misión en el reino de Tarasio.

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